

Con la llegada de los cultos de la Virgen del Rosario todo el barrio se engalanaba para celebrar las fiestas en honor de su Patrona. Largas tardes del mes de octubre en que los vecinos, reunidos en la plaza Blasco de Garay, se dedicaban a preparar las flores de papel y las farolillos con los que se revestirían las calles, formando un cielo cuajado vivo en colores.
Momentos de convivencia en familia. Recuerdo de un barrio que cada noche se hacía vida en las puertas de las casas. Reuniones de vecinas que comentaban entre ellas la jornada pasada. Vísperas de doce de octubre oliendo a sardinas. Niños en la plaza alboroteaban a un José Manuel “El Peralta” quien se dedicaba a colocar las guirnaldas por las calles mientras las mujeres volvían a la novena.
Me viene a la memoria Rosario Crespo, Josefa, Trini, Luisa, Isabel y tantas mujeres que ya gozan de la presencia de su Virgen del Rosario.
La Velá comenzaba los días previos a la procesión. Concursos infantiles, buen cante, agradables ratos de convivencia ocupaban las noches frías de otoño en los Humeros. Todo en el arrabal era alegría. En el Colegio Gustavo Adolfo Bécquer los niños miraban tras las ventanas la plaza engalanada deseando concluir la jornada para ver encendido el escenario, testigo de los sueños de un primer premio en sevillanas.
El día 11 de octubre, al caer la noche, las calles Dársena y Bajeles eran “guadalquivires” esmaltados de cales blancas que nacían del baldeo de aquellos adoquines de antaño.
A la mañana siguiente, con las primeras luces de la aurora, el barrio se despertaba desgranando una a una las cuentas del rosario. Por fin había llegado el momento, un año más se producía el encuentro de la Virgen con sus calles, mientras en el silencio del Claustro la oración se convertía en rosas de místicos perfumes a las plantas de la Madre de Dios, los vecinos renovaban fuerzas para continuar la procesión con un buen café en el bar “Los Vazquez”.
Cuando el sol está en lo más del cielo aquel humilde arrabal de pescadores y carbones se convertía en una sinfonía de música y colores al recibir la presencia de la Luz hecha mujer bendita. El humo de las sardinas, el estallar de los cohetes, el colorido de las flores de papel, el blanco de la cal de las fachadas, la plegaria suplicante del devoto, la música de cornetas y tambores, los reencuentros con aquellos vecinos que un dia se marcharon, la satisfacción de tenerla un año más a las puertas de sus casas hacían que aquel lugar se transformara en un reflejo de la gloria prometida.
Después de una década sin celebrarse la Velá del barrio, con el esfuerzo de la Asociación de Vecinos: Pepe, Lola, Mario, Aurelia y su Peña Pies Plomo…, han conseguido revivir esta fiesta. El tiempo ha pasado y muchas cosas han cambiado pero la esencia se mantiene. Caprichos del destino, en el año en que la Hermandad celebró el CCLXXV Aniversario de la Aprobación de las primeras Reglas conocidas, la Virgen se hizo presente en la fiesta, participando junto a sus vecinos de la alegría de la convivencia. La lluvia del día 12 de octubre hizo que la procesión se trasladara a la noche del día 14 del mismo mes coincidiendo con la Velá. El cariño de los vecinos, agradecidos por la protección de su patrona, se materializó en un precioso cuadro donde daban gracias por su mediación y rogaban siguiese velando por cada uno de ellos.
